jueves, 8 de agosto de 2013

3 LUNAS MAS ALLA - CAPITULO 3


CAPITULO 3: Nos vemos en las colinas del Parnaso

El sol se cernía sobre aquellas colinas repletas de un verde tan frondoso que abrumaba. La magia del Parnaso aparecía entre todas aquellas bellas plantas, aquellos árboles o aquellas maravillosas flores que cubrían todas aquellas colinas. 
Las colinas del Parnaso, eran conocidas por ser el lugar donde la magia de las ninfas se hacía presente en cada lago, en cada prado… en cada uno de los rincones. Era un lugar repleto de cosas bellísimas, un lugar de encuentros… de encuentros carnales entre Dioses, o entre aquellos que no tenían permitida su unión.


Meses atrás
Zeus estaba sentado en su trono como de costumbre. La sala estaba completamente vacía, tan vacía que se podía escuchar a los pájaros de los jardines adyacentes revolotear y canturrear unas suaves melodías. El sol resplandecía tanto, que el reflejo en los mármoles blancos cegaba por completo. 
El Dios abrió de forma suave los ojos, y bajó del trono, asomándose a uno de los grandes ventanales que daban al Parnaso, y una suave sonrisa salió de sus labios. Había decidido cuál sería hoy su qué hacer, y no tenía nada que ver con el trabajo como el rey de los Dioses… sino con algo más carnal. Las ninfas llevaban días llamando su atención y concretamente una de ellas, la más bella de las ninfas de las laderas… Hibris.
Hibris era perfecta, la perfección de los Dioses estaban en el cuerpo de aquella bella mujer, con sus cabellos rojizos bajo los rallos del sol, y esos labios que despertaban sueños imposibles, y ese cuerpo en el que cada curva te hacia desear perderte o sumergirte en su interior. Zeus pudo sentir como se le endurecía todo con solo verla a través de aquellos arbustos cercanos al lago. Se mordió el labio mientras paseaba su mirada de forma descarada por toda ella, y decidió acercarse a ella.
- ¿Sabía joven que nunca han visto mis ojos tal perfección en el cuerpo de una mujer? –susurró este sobre la nuca de la ninfa mientras esta recogía flores cercanas al lago.
- ¿A usted mi señor nadie le dijo que con esas palabras podría tener a cualquier mujer? – Hibris se dio la vuelta y se encontró con los ojos azules, verdoso del señor de los Dioses y en aquel momento ella se arrodillo- Perdóneme la osadía mi Rey…
- Levánta… -dijo Zeus tendiéndole su mano a la joven.
- Pero… mi Señor… -dijo ella algo desconcertada.
- Hoy he venido a ti por otros asuntos Hibris…
- ¿Otros asuntos mi Señor? –ella no tenia a penas idea de que Zeus la deseaba como nunca había deseado a nadie.
En tan solo unos segundos, Zeus chasqueo sus dedos y se teletrasportó junto a ella a una especie de cama en lo alto de la copa de un árbol, repleta de flores y hojas verdes. Hibris se vio apresada por el Rey de los Dioses y no es que no le atrajera aquel hombre tan musculoso. Si algo distinguia a Zeus de todos los hombres del Olimpo, era que por todo su cuerpo se respiraba un aroma sexual que a cualquier mujer le hacia jadear y gemir con sola una mirada, y eso era lo que estaba ocurriéndole a ella.
- Hibris… te deseo… deseo hacerte mia… -casi jadeo el en el cuello de la joven, la cual semidesnuda de no ser por esa túnica transparente que cubría las partes más sexuales de su cuerpo.
- Ahhhh…
Un solo gemido bastó para que Zeus supiera que tenía la total libertad de hacer con el cuerpo de ella lo que deseara. Hizo desaparecer esa túnica transparente, a la vez que paseaba sus manos desde el cuello, atrapando con ambas manos su senos, masajeando cada pezón entre sus dedos, deslizándolas por el abdomen de ella, hasta llegar a esa zona íntima y vellosa, llevando sus dedos, y masajeándola… notando en segundos la calidez y la humedad entre sus dedos.
No lo pudo resistir y en cuestión de unos segundos, su boca sustituía sus dedos. Su lengua se paseaba por toda aquella zona, saboreando el sabor de su ahora amante, introduciéndola y abriéndose paso en ese cuerpo tan virginal y perfecto, y ahora solo suyo. Su miembro se puso totalmente duro al sentir aquel orgasmo y notar sus labios bañados de ella.
- Exquisita… -musito en un susurro a la vez que se despojaba de todas sus ropas, y se levantaba, tomando las caderas de la joven.
- Mi Señor…ahhhh… -aquel gemido salió de los labios de Hibris al sentir como Zeus se introducía de una en ella.
Las embestidas comenzaron a ser profundas, a ser tan perfectas que Hibris temblaba bajo el cuerpo sudoroso y sexual de Zeus. Embestidas, movimientos circulares, y en segundos Hibris estaba a horcajadas sobre el, moviéndose como solo una mujer podía moverse, tan sensual y sexy que Zeus se excitaba aún más. Se alzó y llevo uno de los pechos de ella a su boca, a la vez que con sus manos sujetaba su trasero, llevando varios dedos a su interior con los cuales guiaba rápido aquellos movimientos.
- Mis Señor yo…no… ahhhhh!! –ella llego al orgasmo en pocos segundos, y en aquel momento cuando contrajo su cuerpo alrededor de él.
- Hibris… 
En pocos minutos, Zeus llenaba por completo el cuerpo de la ninfa. Sabia de sobra que de ello surgiría otro de sus bastardos pues si algo tenían las ninfas era su poder de ser más que cualquier otra mujer, y a decir verdad, no era la única ninfa que había hecho suya. 
- Hibris… debo irme… 
- Pero…
- No puedo quedarme… ya sabes quién soy… si Hera se entera de esto, mandará decapitarte… al igual que… -puso la mano en su vientre- al igual que al hijo que nacerá en ti…
- Seré…?
- Si… serás madre de uno de mis hijos… cuídalo, y hazle saber siempre quién es su padre…

9 Meses mas tarde
- Ma-Madre…. –Hibris decía el nombre de su madre cuando las contracciones apretaban tanto que le dolía todo el cuerpo- Du-Duele tanto…
- Hija por favor… tan solo empuja… debes hacerlo… -susurro su madre mojándole la frente a su hija-Vamos mi pequeña…
- Ma…maa…ahhhh!! –la ninfa encorvaba su cuerpo mientras empujaba en aquella contracción.
- Vamos hija… vamos… tu puedes… 
- Ahhh…Dioses… -dijo ella con la respiración ajetreada mientras empujaba de nuevo.
- Un poco mas… venga… -dijo su madre entre las piernas de su hija- Empuja ahora Hibris!
- Mmmmggghh…ahhh…
El llanto a lo alto de un niño sonó rompiendo el silencio en la casa del lago donde vivían las ninfas. Hibris cayó rendida sobre la cama que habían organizado todas sus hermanas para que tuviera a su pequeño, con la cara empapada de sudor y todas aquellas lágrimas que pasaron de salir por el dolor, a salir por la emoción de escuchar a su pequeño. La madre de la ninfa, cortó el cordón, y llevo al pequeño al lago para que fuera bendecido por este, lavándolo, y aseándolo para cubrirlo con un tul blanco y llevarlo a su hija.

- Toma hija mía…
- Pan… -susurro- 
- ¿Pan…? –preguntó la madre de esta.
- Si madre… -la miro su hija- el será dulce, y tan exquisito como el pan…
- Pero hija… es hijo de un Dios… -la miro su madre-
- Lo sé madre… y sé que su destino está atado a las decisiones de su padre… y es por ello que no quiero que le encuentren por un nombre extravagante…
- Te entiendo hija…
Hibris sabía que la vida de su hijo y la suya propia estaría condicionada a los deseos de Zeus, e incluso a los deseos o celos de su esposa Hera. No era la única ninfa que había tenido un hijo de Zeus, y la mayoría de ellos, o habían aparecido muertos de un día a otro, o simplemente, habían sido desterrados lejos, a las grutas o a otros montes donde no interfirieran para nada en la vida del rey de los Dioses… Por ello debía protegerlo, y lograr que el futuro de su hijo no estuviera condicionado.

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