CAPITULO 12
- Este no es lugar para novatos – dijo Leen. Las dos cicatrices que le surcaban la mejilla parecían más hondas bajo la luz de los faroles.
- Llevo mas de un año yendo a clase con vampiros – pensé deprisa, era verdad aunque no del todo. La voz me tembló, pero desee con todas mis fuerzas que Leen lo atribuyera a la emoción, y no al miedo. Aquel hombre era un cruel asesino de vampiros; costaba hasta mirarle a la cara – Necesito saber con exactitud a qué me enfrento realmente.
Jamás había visto sonreír a Leen hasta entonces, y no fue lo que se dice una expresión atractiva.
- Supuestamente, en la Academia Medianoche, se comportan. Solo eres una cría. Deberías seguir con los que también fingen ser unos críos.
- Yo ya estaba luchando con vampiros con muchos menos años de los que Kae tiene ahora – replicó YunHo – Creo que puede aguantarlo – Tras pasarme el brazo por la espalda, el miedo comenzó a remitir. El apoyo de YunHo pareció poner fin a la discusión; fuera como fuese, Leen dejó de protestar y, si alguien más tenía alguna objeción, no la expresó en alto.
YunHo pareció preguntarme con la mirada por qué estaba tan decidido a unirme a ellos, pero los dos sabíamos que íbamos a tener que dejar esa conversación para más tarde.
Al principio, la cacería no me pareció tal cosa. Fue como un viaje cualquiera por carretera: la gente murmurando en voz baja mientras se ponía la chaqueta, mirándose con cara de cansancio y subiéndose a la furgoneta y a la camioneta verde turquesa de Shin.
Recordé el primer viaje por carretera que había hecho, cuando mis padres me llevaron a la playa un verano. Odiaban el agua… tanto los ríos como el mar que lamía la playa, pero me llevaron porque yo me moría de ganas de ir. Se pasaron todo el día debajo de una sombrilla.
Aunque habían bebido sangre antes de salir, no querían pasar mucho tiempo al sol. Mientras hacía castillos de arena, me bañaba y jugaba con otros niños, ellos estuvieron observándome y haciéndome señas desde lejos. Fue un sacrificio que habían hecho por mí.
Cuando recordaba cosas como aquella, sabía que los cazadores de la Cruz Negra se equivocaban con los vampiros. Si hubieran visto a mis padres en ese momento, habrían sabido que estaba en lo cierto.
En vez de eso, aquella noche iban a intentar matar a un vampiro. Aunque ellos no lo sospechaban, yo pretendía impedírselo si podía.
Me subí a la parte trasera de la camioneta junto con Diana, Leen, otros dos hombres y YunHo, cuyo pelo despeinado le caía por los ojos. Mientras Shin salía del aparcamiento marcha atrás, susurre a YunHo al oído - ¿Qué hacemos? – poco después contestó – Empezamos donde la hemos visto por última vez y le seguimos el rastro desde ahí.
La ciudad estaba completamente en silencio. Hasta los universitarios más juerguistas se habían ido a dormir o se habían llevado la fiesta a sus dormitorios. Aunque el barrio ya estaba tranquilo cuando YunHo y yo habíamos huido de aquel vampiro, ahora no se veía ni un alma y todas las casas tenían las luces apagadas.
Cuando los vehículos estuvieron aparcados cerca del lugar donde yo había visto al vampiro por última vez, todo el mundo comenzó a desplegarse a pie. YunHo y yo nos quedamos juntos, naturalmente. Shin nos lanzó una mirada al alejarse, pero no puso ninguna objeción.
YunHo no dijo nada hasta tener la certeza de que estábamos solos, caminando por una callejuela a varias manzanas de los vehículos.
- Bueno, imagino que nuestro plan es encontrar al vampiro y avisarlo antes de que lo cojan. ¿Me equivoco?
Sentí una ternura tan inmensa hacia él que por un segundo olvidé donde estábamos, el peligro al que nos enfrentábamos y los motivos que nos habían llevado hasta allí. Le cogí una mano con suavidad y él se volvió, primero sorprendido, pero luego con una sonrisita cómplice. Sentí una descarga eléctrica, la fuerza que me atraía hacia él. YunHo me tapó los labios con la mano.
- No podemos distraernos. Tenemos trabajo que hacer.
- Trabajo… - repetí rozándole los dedos con los labios – Hagámoslo, pues.
Se apartó de mí y echó a andar con decisión.
- Al principio, ha ido hacia el norte – dijo.
- ¿Cómo lo sabes?
- Veo lo que otros no ven – vaciló – Mi visión nocturna está mejorando.
No hizo falta que me explicara el motivo. Yo sabía que era porque lo había mordido y había bebido su sangre dos veces. El primer mordisco no había surtido ningún efecto, pero el segundo le había conferido varios poderes vampíricos. Mientras el resto del grupo vagaba sin rumbo fijo, YunHo apartó la rama de un arbusto y me enseñó varias ramas que alguien había quebrado sin querer al pasar.
Además, encontró el rastro de una pisada en el suelo embarrado y vislumbró un cabello caído sobre la maleza.
Aquello se lo debía en parte a sus poderes vampíricos, pero también a su destreza como rastreador. Para mí, fue una verdadera revelación. Durante todo aquel tiempo, había creído que la Cruz Negra solo le había enseñado a pelear, pero ellos lo cierto es que le habían dotado de unos conocimientos que yo ni siquiera había imaginado. Eso, sumando a sus poderes, era una combinación formidable.
Tampoco le faltaban armas. Cuando vi algo centelleándose en el cinturón dije:
- ¿Qué llevas ahí?
- Mi mejor puñal – respondió él con cariño. Se levantó el faldón de la chaqueta para enseñarme el puñal que llevaba en un costado. El filo era casi tan ancho como un cuchillo de carnicero – Lo tengo desde los doce años.
- ¿De veras que es necesario?
Su ojos oscuros se encontraron con los míos.
- Prefiero llevarlo y no necesitarlo, que no llevarlo y necesitarlo. Ese chico puede no ser un problema, pero recuerda cómo se ha puesto cuando se ha visto acorralado.
Me acordaba. Quizá los vampiros no éramos los criminales asesinos que la Cruz Negra imaginaba, pero podíamos ser mortíferos si nos acorralaban.
Cuando salíamos a una calle más comercial, YunHo comenzó a relajarse.
- Es menos probable que haya venido aquí.
- No estoy segura – dije. El me miró y yo señalé e cartel iluminado que acababa de ver, una insignia de un escudo y una cruz que obviamente pertenecía a un hospital. La cruz me quemó en los ojos – Los hospitales tienen bancos de sangre.
- Claro. Es como una barra libre. No puedo creer que no se nos haya ocurrido antes – YunHo me sonrió como si yo hubiera obrado un milagro – Vamos.
Cuando llegamos al hospital, las puertas de cristal se abrieron automáticamente para dejarnos pasar. Un vigilante nos echó un vistazo y gritó:
- ¡¿Qué hacéis aquí?!
- Es nuestra abuela – dijo YunHo tan sincera y trágicamente que tuve que morderme el labio para contener la risa – No… no le queda mucho tiempo.
El vigilante nos hizo una seña para que pasáramos y nosotros apretamos el paso. Todo estaba bastante tranquilo; los hospitales no cierran nunca, pero a aquellas horas había poca actividad. Unos cuantos enfermeros y celadores vestidos de azul nos adelantaron y algunos nos miraron con recelo, pero, siempre y cuando YunHo y yo anduviéramos con determinación, nadie parecía cuestionarse nuestra presencia allí.
- Banco de sangre – susurro YunHo - ¿Dónde tendría un hospital un banco de sangre?
- Vamos a mirar en los ascensores. Normalmente, tienen carteles que indican lo que hay en cada planta – Efectivamente, el panel colocado junto a los botones del ascensor nos informó de que las donaciones de sangre podían hacerse en la planta inferior, que estaba bajo tierra.
La planta subterránea no era muy distinta a la planta baja, pero en ella se respiraba otro ambiente. La iluminación era ligeramente más mortecina, quizá porque había uno o dos fluorescentes que habían empezado a fallar. El aire estaba impregnado de olor a desinfectante, lo bastante fuerte como para obligarme a arrugar la nariz. Y reinaba una calma incluso mayor. Parecía que no hubiera nadie aparte de nosotros dos.
- ¿No es en el sótano donde la mayoría de los hospitales tienen el depósito de cadáveres? – susurré.
- No irás a decirme que tienes miedo a los muertos, ¿no? – YunHo se puso a andar por el pasillo, asomándose a todas las habitaciones – Vas a clase con ellos todos los días.
- No es eso – repliqué mientras reflexionaba.
La sala donde se hacían las donaciones de sangre estaba cerrada, lo cual no era raro a estas horas de la mañana, pero habían forzado la puerta contigua.
- Bingo – YunHo se llevó la mano instintivamente al puñal de su cinturón.
Entramos en el banco de sangre, que era básicamente una sala grande llena de congeladores. Había unos cuantos microscopios y diversos aparatos médicos en un lado, quizá para realizar análisis clínicos, pero estaba claro que aquel lugar era principalmente un almacén. En un rincón había dos grandes congeladores, la puerta de uno de los cuales estaba abierta; dentro vi un montón de bolsas de sangre, listas probablemente para utilizarse de inmediato en las transfusiones urgentes. Las bolsas estaban desordenadas, algunas tiradas en el suelo y varias abiertas y vacías. En el linóleo, había una brillante estela de gotas y manchas de sangre húmeda.
- Aún no está seca – dije – Hace poco que ha estado aquí.
- Pues ya se ha ido – dijo YunHo – Maldita sea.
- Quizá no. A lo mejor ha querido descansar después.
- ¿Descansar?
- Hasta los humanos disfrutáis echándoos una siesta después de daros un atracón. Además, cuando le he visto, estaba agotado. Como si llevara días huyendo. Si ha tenido ocasión de comer, estará más calmado y podremos hablar con él.
- Tenemos que estar completamente seguros de que es inofensivo antes de dejar que se vaya – dijo YunHo – No es que no me fie de tu criterio, ¿vale? Solo deberíamos asegurarnos.
- Por eso hablaremos con él – Estaba convencido de que YunHo enseguida vería en él lo que yo había visto: cuan extraviado y solo estaba – Venga.
- Lo dices como si supiéramos dónde está.
- Creo que lo sabemos. Está en algún sitio donde pueda descansar sin que la moleste, algún sitio donde a nadie le sorprendería verla, si la encontrara. Piénsalo, YunHo.
- Oh, no.
- Oh, sí.
Vale, puede que lleve casi toda la vida rodeado de muertos, incluyendo a mis padres, pero eso no quita que el depósito de cadáveres me pareciera tétrico. No me entró pánico ni nada por el estilo, pero esos sitios tienen algo tremendamente triste: todas esas vidas, emociones y esperanzas reducidas a etiquetas escritas en puertas de acero. YunHo y yo nos quedamos unos segundos en el umbral de la puerta antes de entrar.
En tres mesas alargadas que ocupaban el centro del depósito, habían tras bolsas para cadáveres. La primera era demasiado grande: la persona que había dentro debía de ser corpulenta. La última parecía demasiado corta. La del centro parecía la más probable.
Con vacilación, cogí la lengüeta de la cremallera, la cual pesaba más y estaba más fría de lo que esperaba: el hospital mantenía el depósito de cadáveres bien fresquito. YunHo se muso a mi lado, puñal en mano. Bajé la cremallera, notando una especia de corriente eléctrica en la muñeca con cada diente que iba separando.
Su mano salió disparada de la bolsa y agarró la mía con fuerza. No pude evitar chillar. YunHo quiso abalanzarse sobre ella, pero yo lo detuve con el brazo. El vampiro se sentó, mirándonos. Estaba menos pálido que antes y la marca de nacimiento del cuello era menos evidente; alimentarse le había rejuvenecido. Llevaba el pelo despeinado al dormir. Sin quitar el ojo de encima a YunHo, se dirigió a mí:
- ¿Por qué lo has traído aquí?
- Está conmigo. Solo queríamos encontrarte.
- Para matarme.
Negué con la cabeza.
- Estamos aquí para asegurarnos de que no representas ningún peligro.
- ¿Cómo? – ladeó la cabeza confundido, como si hubiera hablado en otro idioma.
- Corres peligro.
- YunHo jamás me haría daño.
- Mas peligro del que imaginas – insistió – y más del que imaginas tú, chico.
- Acabas de alimentarte de sangre – dije más por YunHo que por mí – Se nota que has comido. Nos cambia el color, y nos hace más fuertes.
- Ahora soy más fuerte – dijo el vampiro, que seguía fulminando a YunHo con una mirada cargada de odio. Tenía que reducir la tensión. Y pronto.
- YunHo es un amigo. No está aquí para hacerte daño.
- Ya veo – dijo mirando el puñal de YunHo.
Incómodo y a disgusto, YunHo volvió a enfundar el puñal. Cuando habló, lo hizo en tono cortante.
- La familia de Albión, ¿no tuviste nada que ver con eso? Nosotros creíamos que sí.
- La gente comete estupideces – dijo el vampiro con un tono extrañamente soñador. Despacio, se deshizo de la bolsa apartándola con los pies, como un niño saliendo de un saco de dormir.
- Necesito saber quién lo hizo – dijo YunHo- Un ser mortífero anda suelto por ahí, haciendo mucho daño. Si sabes quién ha estado merodeando por Albión, si tienes alguna conexión con esa banda, dímelo. Yo puedo ocuparme, y tú puedes, bueno, tú puedes irte a hacer lo que haces.
En lugar de responder a YunHo, me miró con sus grandes ojos castaños:
- ¿Sabe lo que eres?
- Lo sabe todo. Dinos lo que necesitamos saber y nos aseguraremos de que no corras peligro.
Los dedos se le relajaron lentamente y me soltó la mano. La lámpara que colgaba del techo estaba casi directamente detrás de él, convirtiéndole el cabello en una especie de aureola. Pensé en los pocos años que debía de tener cuando murió, quizá solo catorce.
Justo cuando el vampiro abría la boca para hablar, la puerta del depósito se abrió de golpe. Todos dimos un respingo y a mí me encogió el corazón al ver a Diana y a Shin en el umbral. Diana tenía su ballesta preparada y Shin una estaca.
- ¡Apartaos! – gritó Diana – Han llegado los refuerzos.
El vampiro chilló, un sonido de otro mundo, como el grito de un halcón abatiéndose sobre su presa. Corrió a esconderse en un rincón, detrás de la mesa de autopsias.
- Una trampa – susurró – Como siempre.
Yo quise decirle que no habíamos tenido intención de que ocurriera aquello, pero YunHo me agarró por los brazos para que guardara silencio. Empezó a retroceder, poniéndome fuera del alcance de la ballesta de Diana.
Ni Shin ni Diana hablaron con el vampiro. Shin permaneció en el umbral de la puerta mientras Diana avanzaba lentamente, con una expresión que ya no tenía nada de dulce. Yo percibía que era buena persona, pero estaba a punto de hacer algo horrible y tenía que detenerla.
Con una rapidez cegadora, el vampiro extendió un brazo y yo vi un vertiginoso destello metálico una milésima de segundo antes de que Diana gritara y retrocediera hasta la pared. Mientras Diana se desplomaba, el vampiro saltó hacia delante con una fuerza sobrehumana, arremetiendo contra Shin y cayendo al suelo del pasillo encima de ella.
- ¡Mama! – gritó YunHo corriendo hacia Shin. Pero el vampiro no tenía intención de matar y menos aún pelear. Salió huyendo y oímos el eco de sus viejos zapatos golpeando el suelo embaldosado.
Madre e hijo corrieron tras ella mientras YunHo gritaba:
- ¡Ocúpate de Diana!
Yo sabía que intentaría ayudar al vampiro. Pero ¿qué debía hacer yo por Diana? No sabía nada de medicina. Sin embargo, cuando vi su cara de sufrimiento, fui inmediatamente a su lado.
- ¿Es grave?
- Bastante – hizo una mueca de dolor – Debía de ser un cuchillo para hacer autopsias. No creo que… el brazo esté roto… pero… ¿hay mucha sangre?
- Sí, pero no te ha dado en la arteria – Sabía lo suficiente para darme cuenta de que, si tuviera la arteria seccionada, la sangre le estaría saliendo a borbotones de la herida; en cambio, una espesa sangre roja le estaba calando lentamente la camisa, llegándole ya hasta el codo – No voy a sacarte el cuchillo. Esto es más de lo que podemos tratar con nuestro botiquín de primeros auxilios. Deberíamos ir al servicio de urgencias.
- ¿Y cómo vamos a explicar exactamente esto a los médicos? – Diana gimió apoyando la cabeza contra la pared. Advertí que estaba a punto de desmayarse – No, tenemos que salir de aquí.
- ¡Necesitas atención médica!
- Has más materia en el cuarto de curas. Podemos…podemos resolverlo. Tú solo ayúdame a levantarme, ¿vale?
- Vale – le pasé el brazo sano por detrás de mí cuello y la saqué al pasillo. Allí había más luz, y por primera vez vi el rojo intenso de la mancha de sangre, de una belleza indescriptible.
Entonces fue cuando sentí hambre.
No era la misma hambre que había sentido al besar a YunHo. Era distinta, más básica, pero igual de fuerte. La sangre de Diana olía a filete, a playa, a todas las cosas maravillosas que yo deseaba y llevaba tanto tiempo sin disfrutar. Cuando respiraba por la boca, casi podía notar su sabor a hierro y la mano que tenía en su hombro registraba todos los latidos de su pulso. Me dolía la mandíbula, como si estuvieran a punto de salirme los colmillos. No podía pensar, no podía hablar, no podía hacer nada salvo desear beber.
- Basta…- volví la cabeza hacia el otro lado cerrando los ojos con fuerza.
- Aguanta. Sé que tiene mal aspecto – susurró Diana.
- No hace falta que me consueles – dije sintiéndome avergonzado – La herida eres tu.
- Pero sé que… asusta, sobre todo si no… estás acostumbrado – tragaba saliva entra cada exhalación – Nunca habías visto… nada… igual.





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