CAPITULO 13
Recordé el aspecto que tenía YunHo después de la primera vez que lo mordí y cómo se había desplomado como un fardo a mis pies.
- Supongo que tengo que acostumbrarme.
Nos encontramos con el señor Watanabe en el aparcamiento y él nos llevó de regreso de forma inmediata. Diana resulto tener únicamente una herida superficial, pero siguió necesitando que le cogiera de la mano mientras el señor Watanabe se la cosía. YunHo y los demás regresaron dos horas después; no tuve que preguntar cómo había ido la cacería, porque Shin parecía abatida. Todo el mundo estaba exhausto y eso que el sol justo acababa de salir.
- ¿Ha escapado? – le susurré a YunHo al oído cuando me abrazó.
Él me rozó la mejilla con el dedo pulgar mientras asentía.
- Siempre preocupándote de todo el mundo – me besó dulcemente en la frente delante de todo el grupo, lo cual hizo sonreír a Diana por primera vez desde que salió del hospital.
Después la disciplina del grupo se rompió, o quizá sería más preciso decir que quedó en suspenso. Shin no dio ninguna otra orden y, al parecer, no había nada que hacer hasta más tarde.
Varios miembros del grupo se dirigieron de forma cansina hasta una hilera de camastros de hierro colado. Shin encendió un hornillo y se dispuso a cocinar el desayuno para unos cuantos, mientras el señor Watanabe comenzó a catalogar metódicamente todas las armas. YunHo y yo acompañamos a Diana hasta el camastro del cuarto de curas.
- Lo siento – dijo cuándo la ayudamos a acostarse. Sus trenzas parecían cuerdas oscuras en la blanca funda de la almohada.
- ¿El qué¿ - pregunté – No es culpa tuya.
- Ya, pero ahora estoy ocupando el único lugar donde tú y YunHo podríais estar solos. Es un coñazo para vosotros.
- Por esta vez te perdono – dijo YunHo - ¿Quieres desayunar, Diana?
- Manda a alguien con unas cuantas tortitas. Si no tienen, que se las inventen – Exagerando el gesto, Diana se puso perezosamente el brazo sano detrás de la cabeza - ¿De qué sirve que te apuñalen si no puedes utilizarlo para hacer chantaje emocional?
Mientras YunHo iba a informar a Shin de que Diana quería desayunar, intenté adecentarme en lo que pasaba por un baño. Era un cuartito de ladrillo gris próximo al cuarto de curas, más pequeño y tosco que los aseos de la mayoría de las gasolineras. No había gran cosa que hacer conmigo, pero aun así me arregle un poco la ropa y refresqué mi cara. Cuando salí, YunHo sonrió que me sentí como si me acabaran de peinar y vestido con ropas finas.
- Miraos – el señor Watanabe se rió entre dientes. Afilaba un pequeño puñal con mucho cuidado, escrutando el filo a través de sus gafas bifocales. Era extraño pensar que alguien tan amable pudiera dedicarse a preparar armas para atacar vampiros – Me alegro de verte con él YunHo. Un joven como tú no debe estar solo nunca.
- Eso no voy a discutírselo – YunHo me abrazó por detrás – Usted debía quitarse a las pretendientes de encima cuando tenía mi edad, ¿eh?
- Oh no. Yo no. Ya había conocido a mi Noriko – los ojos se le dulcificaron al decir su nombre – Después de la primera vez que la vi, todas las demás chicas del mundo para mi no existían. Quería estar con Noriko a todas horas.
- Eso es muy romántico – dije. Quise preguntarle dónde estaba Noriko, pero entonces reparé en que, si perteneciera a la Cruz Negra, estaría allí. Puede que la razón de que un caballero como él se hubiera unido al grupo de cazadores de vampiros fuera que su esposa se había topado con uno de esos vampiros criminales y asesinos. Si te pasaba una cosa así, era fácil que eso te cegara y te dejara con el único deseo de vengarte.
- El tiempo que pasas con tus seres queridos nunca es suficiente – dijo el señor Watababe mientras probaba el filo del puñal – Salid a dar una vuelta. Explorad la ciudad. No os preocupéis por nosotros. Deberíais disfrutar el uno del otro.
- Es temprano – dijo Leen. Había rodeado la tela alquitranada que teníamos detrás cuando yo no estaba mirando – No veo qué se puede hacer por ahí a estas horas. Es más seguro si os quedáis aquí.
- Las cafeterías están abiertas – YunHo me cogió posesivamente de la mano – No estamos en aislamiento. Puedo ir si quiero. Esa es la regla.
Leen parecía querer discutir, pero, en cambio, dijo:
- Marchaos, pues.
Éramos libres, así que salimos a fuera sin ningún propósito ni rumbo. Todo indicaba que iba a ser un magnifico día de otoño, la clase de día en que el sol transforma todos los colores de las hojas en distintas tonalidades de dorado.
Ahora por fin volvíamos a estar solos, hubiera sido un buen momento para ponernos a hablar de los asuntos secretos que teníamos pendientes de comentar, pero hablamos de todo un poco menos de eso. Por extrañas que fueran nuestras vidas, lo que compartíamos en aquel momento era lo más parecido a la “normalidad” que podríamos tener jamás. Pasar un día juntos, sin nada de qué preocuparnos, era todo lo que podíamos esperar compartir, y yo no tenía ninguna intención de desaprovecharlo.
En la cafetería discutimos sobre si las galletas de chocolate eran mejores que el bizcocho o viceversa, y nos turnamos para mojar ambos en el café con leche. Estuvimos sentados en un banco de una plaza durante un par de horas, inventándonos historias sobre las personas que pasaban por delante. Sabíamos que nuestras vidas era probablemente más extrañas que nada de lo que pudiéramos inventar sobre cualquier otra persona, pero eso no quitó diversión al juego.
En la librería comparamos notas sobre nuestras novelas de infancia preferidas. Resultó que a los dos nos había encantado “Las crónicas de Narnia”
- Nunca me di cuenta de que eran cristianos – confesé – Ahora me parece tan evidente que me siento estúpida por no haberlo visto. Pero, ya sabes, no creo que mis padres me hablaran mucho de la Iglesia.
Lo había dicho para que YunHo se riera. En cambio, él me miró con expresión seria y a mí me pareció detectar un atisbo de incertidumbre en sus ojos.
- ¿Te afectan ahora? Las cosas religiosas, quiero decir.
- ¿Si leo sobre ellas? No, ni probablemente lo harán nunca. Recuerdo a mi madre leyéndonos “La travesía del Viajero del Alba”. El problema son los símbolos visuales.
Estábamos sentado en el suelo en la sección de libros de texto del piso inferior, lejos de casi todos los clientes. Como las clases habían empezado, era poco probable que nos irrumpiera algún estudiante, por lo que me arriesgué a preguntarle:
- ¿Has notado algún cambio? Ya sabes… ¿poderes?
- Me noto más fuerte y corro más deprisa. Uno o dos compañeros lo han comentado, pero no sospechan nada. Solo creen que estoy entrenando duro. Me refiero a que soy fuerte, pero no es que haga nada fuera de lo normal. El señor Lee dijo que empezaría a notar algunos inconvenientes además de ventajas, pero de momento nada.
- Quizá de momento no, pero pronto lo harás – en mi interior se encendió una llama de esperanza – Ya has dicho que te has planteado dejar la Cruz Negra.
- Sí, pero no sé qué podría hacer después de eso. ¿Podría simplemente… ponerme a trabajar? Esto es lo único que sé hacer, y no creo que lo mío tenga muchas salidas profesionales – suspiro- Jae, ni siquiera he ido al instituto, a menos que cuentes el año en Medianoche. He leído y estudiado por mi cuenta, pero no es lo mismo. Todos estos manuales universitarios son como un mundo desconocido para mí al que nunca podré acceder.
- Hay formas de hacerlo sin ir al instituto. Podrías presentarte a un examen que equivale al grado de secundaria; es fácil.
- ¿Y luego qué? No podría conseguir una beca, y mi madre jamás me pagaría los estudios. Cualquier dinero que tenga es para la Cruz Nagra. Ese es el principio y el fin de la historia. Puede que lograra salir adelante, pero… no sé – tragó saliva y supe que había reflexionado mucho sobre aquello – Supongo que no he renunciado a la idea, pero no me parece probable.
Nada de lo que le dijera le ayudaría a sentirse menos atrapado de lo que ya se sentía; no tenía ninguna información que darle, ningún consuelo que brindarle, así que me limité a cogerle de la mano.
- ¿Qué te gustaría estudiar en la universidad?
- Derecho, creo.
- ¿Derecho? No te veo con un maletín y un traje elegante.
- Mo lo pondría si eso me permitiera poner a los malos entre rejas – intentó sonreír – En Medianoche llevé ese uniforme tan absurdo, ¿no?
- No te rías. Yo tengo que seguir llevándolo.
Me acaricio la cara de forma muy dulce.
- A mí no me hace falta preguntártelo. Tú estudiarías astronomía – Asentí - ¿Qué es lo que te gusta tanto de la astronomía? Me has enseñado todas las constelaciones que hay, pero nunca me has dicho por qué observas las estrellas.
Me abracé las piernas y apoyé la barbilla en las rodillas, reflexionando. Aunque sabía la respuesta, era importante que se la dijera de un modo que el pudiera entender.
- Mis padres, en cuanto creyeron que podía guardar un secreto, me hablaron de cuál era realmente mi condición cuando yo era muy pequeña. Hicieron que pareciera algo especial. Una gran aventura. Yo creí que era como en los cuentos de hadas, cuando la chica que barre su casita descube que es una princesa y que un día el príncipe va a buscarla. Creí que mi secreto era mágico.
YunHo pareció querer hacerme una pregunta, pero debió de ver que me estaba costando encontrar las palabras justas, porque me observó en silencio.
- La primera vez que me di cuenta de que no era ni mágico, ni divertido… la primera vez que supe que había algo malo en mi ser… - mire a mi alrededor. Aquella zona de la librería seguía vacía, pero, de todos modos, evité decir la palabra “vampiro” - …algo malo en ser eso, fue la primera vez que supe que yo no me moriría nunca, pero que todos mis amigos de alrededor sin excepción … sí lo harían. Se harían viejos y se irían, y yo me quedaría sola. Eso me asustó, porque me di cuenta de que, de todas las personas que quería en el mundo, serían poquísimas las que podría conservar.
Dulcemente, YunHo me puso una mano en la mejilla. Tragué saliva para deshacer el nudo que me notaba en la garganta antes de continuar.
- De manera que intenté pensar en lo que sí podría conservar. En sí había algo que estaría siempre conmigo.
- Las estrellas – dijo YunHo – Supiste que siempre te quedarían las estrellas.
Asentí y supe que YunHo lo había entendido todo. Me tomó en sus brazos y me estrechó con tanta fuerza que por un momento creí que él también estaría siempre conmigo.
Esa tarde, YunHo me llevó de regreso a la Academia Medianoche en la vieja camioneta de Shin. Llegamos cuando atardecía, aunque hacía tan mal tiempo que casi parecía de noche. La niebla se había ceñido sobre las colinas, impidiendo ver a más de unos metros de distancia y pintando el mundo de un gris blanquecino. No era que YunHo pudiera llevarme hasta la mismísima puerta, pero paró en una carretera secundaria junto al bosque que bordeaba el internado. Desde allí, era fácil volver andando, a lo sumo un trayecto de diez minutos a pie.
Yo sabía que pronto tendría que disimular para evitar que YeSung me hiciera preguntas, pero apuré en los brazos de YunHo el mayor tiempo posible. Nos besamos hasta que las ventanillas de la camioneta se empañaron por dentro y deseé que aquello no se terminara nunca. Pero notaba la proximidad de Medianoche, como si la sombra del edificio estuviera proyectándose sobre nosotros.
- No puedo pasarme otros seis meses sin verte - murmuró YunHo con la boca
- pegada a mi pelo - Tenemos que vernos pronto.
- Cuando quieras, ya lo sabes. Envíame un correo electrónico. Puedo darte mi
- cuenta de Hotmail. No creo que el señor Lee tenga la contraseña.
- No dará resultado. No nos dejan tener ordenadores portátiles ni nada parecido, no desde hace tres años, cuando nos sorprendieron un par de vampiros que habían aprendido a piratear la red - YunHo suspiró - Podría intentar ir a la biblioteca de vez en cuando, pero nunca sé cuándo van a ponernos en aislamiento. Cuando eso ocurre, tenemos que quedarnos en la base y no podemos salir bajo ningún concepto.
- Entonces, ¿cómo se supone que vamos a vernos?
- Concertaremos cada cita sobre la marcha. Esta vez decidimos dónde nos vemos la próxima. La próxima, decidimos la siguiente. Y acudimos a la cita.
- Pase lo que pase. No podemos fallar.
- Sé que podemos hacerlo. Y el mes próximo nos viene que ni pintado - dije.
- Cuando YunHo me miró sin comprender, le di un suave puñetazo en el hombro - Jeju. Medianoche tiene programado un fin de semana en Jeju en noviembre. ¿Te acuerdas?
- Por supuesto; es perfecto. - YunHo sonrió encantado con la idea y luego vaciló - Va a haber mucha gente que puede reconocerme.
- No si nos citamos en un sitio apartado. ¿Qué te parece en la orilla de la playa? A nadie se le va a ocurrir pasearse por ahí salvo a ChangMin, y si ChangMin te ve, no va a ser el fin del mundo.
- Preferiría mantener a ChangMin al margen de todo esto por su propio bien, pero, sí, podemos hacerlo. Además, lo más probable es que se quede en el restaurante.
Encantado con nuestra solución, volví a besarlo. YunHo me tuvo abrazado durante varios largos minutos. Ojalá pudiéramos pasar más tiempo a solas... ¿Habría algún sitio en Jeju? Tendría que pensar en algo.
La niebla se había espesado incluso más y supe que la noche estaba al caer.
- Tengo que irme – dije - Debería haberlo hecho hace un rato.
- Anda, date prisa. Esto no es una despedida, no por mucho tiempo.
Nos besamos una vez más y él me puso una mano en el corazón. Yo me estremecí, pero, no sé cómo, logré apartarme de él, bajar de la camioneta y echar a correr. A mis espaldas, oí el motor poniéndose en marcha, las ruedas alejándose.
“Se ha ido”. El corazón me dolía y dejé de correr para mirar atrás mientras las luces traseras de la camioneta se perdían en la niebla.
Detrás de mí, una voz grave dijo:
- Supongo que no tengo que preguntarte quién era. Di media vuelta y me encontré con YooChun.





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